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SOBRE MÍ

MI CAMINO HASTA AQUÍ

Soy Nicolle Selmen.

Desde muy joven tuve una sensación difícil de explicar, pero muy constante: quería que mi vida se sintiera verdadera para mí.
No tenía claro qué forma iba a tomar eso, pero sí sabía que no quería vivir simplemente desde lo que “tocaba” o desde aquello que parecía correcto por fuera. Necesitaba sentir que lo que hiciera estuviera en coherencia con lo que yo era por dentro.
Durante un tiempo pensé que ese camino serían los negocios. Se me daban bien, así que comencé estudiando Administración y Finanzas con la idea de algún día crear algo propio, algo que también pudiera aportar de una manera positiva.
Pero conforme avanzaban los semestres, algo dentro de mí se iba sintiendo cada vez más vacío.
No porque ese camino estuviera mal. Simplemente, cada vez se sentía menos mío.

Y entonces hice algo que, viendo hacia atrás, ha sido bastante constante en mi vida: me seguí.
Escuché esa incomodidad y decidí buscar una formación que partiera de otro lugar. Quería estudiar en un espacio donde el conocimiento no estuviera separado de la experiencia interna, donde aprender también implicara mirarse, cuestionarse y atravesarse a uno mismo.
Así llegué a la Licenciatura en Desarrollo Humano y a la Psicoterapia Humanista Gestalt.
Y ahí comenzó un camino que no solamente definió mi profesión. También transformó profundamente la manera en la que entendía mi propia vida.
Durante cinco años atravesé un proceso intenso de formación y de trabajo personal. Poco a poco fui comprendiendo algo que hoy sigue siendo central para mí: yo no puedo cambiar a nadie.
Tampoco puedo saber más de una persona que ella misma.
Puedo acompañar, preguntar, ofrecer una mirada, sostener, señalar algo que quizá todavía no ha podido verse. Pero el camino es de la persona.
Y también entendí que todo aquello que yo buscaba afuera tenía que comenzar, de alguna manera, dentro de mí.
De ahí nació durante many años una frase que me acompañó: “Pule tu piedra”.
Era una forma de recordarme que el trabajo empieza por una misma.

Han pasado ya 17 años desde que entré al campo del Desarrollo Humano, y algo que sigo descubriendo es que conocernos no es un destino al que llegamos una sola vez.
La vida vuelve a abrirnos. Nos confronta con nuevas etapas, nuevos vínculos, pérdidas, cambios, decisiones y versiones de nosotros mismos que todavía no conocíamos.
En mi caso, la maternidad fue uno de esos grandes umbrales.
Ser mamá me puso frente a partes de mí que no sabía que existían: formas de amar, de temer, de exigirme, de proteger, de cansarme, de necesitar y también de cuestionarme profundamente.
Y volvió a comenzar otro viaje de autodescubrimiento.
Creo que por eso hoy entiendo todavía más que el proceso personal nunca es lineal ni termina de una vez y para siempre. Vamos encontrándonos de nuevo a medida que la vida cambia.

Soy psicoterapeuta, y también soy esposa, mamá, hija, hermana y amiga.
Y para mí eso importa. Porque no acompaño desde un lugar separado de la experiencia humana. Acompaño desde una vida que también ha tenido preguntas, vínculos, pérdidas, contradicciones, búsquedas y momentos en los que he tenido que volver a encontrarme conmigo misma.
A lo largo de estos años he seguido estudiando distintas maneras de comprender lo humano, mientras mi propio proceso personal seguía abriendo preguntas, acomodando piezas y completando, poco a poco, mi propio rompecabezas.
No he estudiado solamente para saber más.
He estudiado porque necesito comprender. Porque me interesa mirar profundamente. Porque una sola explicación rara vez me parece suficiente.
Y porque many de las cosas que hoy puedo acompañar en alguien también han pasado, de una u otra forma, por mi propia experiencia.

A lo largo de mi camino recibí también el nombre espiritual Syama Jyoti: “Luz que alumbra la oscuridad”.
Ese nombre representa algo que reconozco profundamente en mí: mi tendencia a buscar la luz, pero no una luz que niega lo difícil ni que intenta convertir rápidamente el dolor en algo positivo.
Más bien una luz que puede entrar en la oscuridad. Que se queda. Que mira. Que intenta comprender. Y que confía en que incluso ahí puede haber algo vivo esperando ser encontrado.

Hoy acompaño desde ese lugar. Desde mi formación, por supuesto, pero también desde mi humanidad. No desde la posición de alguien que ya llegó o que sabe hacia dóode debe ir el otro, sino desde el encuentro con una persona que está intentando comprenderse.
Y quizá eso siga siendo, en el fondo, lo mismo que buscaba desde muy joven:
vivir de una manera que se sienta verdadera para mí.
Y acompañar a otros, no para decirles quiénes deberían ser, sino para que puedan escuchar cada vez con más claridad qué se siente verdadero para ellos.

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